El Triángulo del Fraude, desarrollado por Donald Cressey, explica por qué una persona comete fraude. Para que ocurra, deben coincidir tres elementos:
Presión o motivación: necesidad financiera, laboral o personal que impulsa al fraude.
Oportunidad: debilidades en controles internos, exceso de confianza o acceso privilegiado que facilitan el acto sin ser detectado.
Racionalización: justificación interna para hacerlo aceptable (“solo lo tomo prestado”, “me lo merezco”, “es por mi familia”).
En resumen, el fraude ocurre cuando existe una necesidad, una oportunidad y una justificación. Comprender estos factores es clave para diseñar estrategias de prevención y detección en cualquier organización.
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